El blog de la Mutualidad de la Abogacía

Ilustración de un grupo de personas
12 junio 2018

¿Eres prosumidor?

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Según la OCU, ya suman cinco millones las personas en España que han dejado de ser solo consumidores para convertirse en ciudadanos productores, que ponen en valor sus habilidades, propiedades o conocimientos. Un cambio de paradigma para el que aún existen muchas lagunas legales.

ue el ruido no nos impida escuchar la melodía del ciudadano colaborativo. Casos como los de BlaBlaCar, Uber o Airbnb han colocado en primera plana el lado más oscuro de esta nueva tendencia. Muchos ven el consumo colaborativo como una amenaza en forma de competencia desleal y precariedad laboral. Para otros es una herramienta de transformación social de la mano de un ciudadano que ha dejado de ser solamente un consumidor para convertirse en un prosumidor.

Pero, ¿qué es un prosumidor? El término proviene de la fusión de las palabras en inglés producer (productor) y consumer (consumidor) y fue acuñada por Alvin Toffler en su libro La tercera ola en 1980. Este visionario preveía que, ante la gran producción a escala, los consumidores iban a evolucionar, involucrándose en el diseño y manufactura de los productos y teniendo el control de los bienes y servicios de consumo.

Según la OCU (Organización de Consumidores y Usuarios), es “el ciudadano particular que genera valor a través de ahorros, microingresos u otras contraprestaciones por poner en valor sus propiedades y habilidades, a través de actividades que no son su profesión habitual”.

 

Cambio de paradigma

Nos encontramos frente a un cambio de paradigma en la forma de entender el consumo, la propiedad y las relaciones sociales que se materializan en nuevos modelos económicos. Como en todo cambio de paradigma surgen contradicciones y llega un momento en que es imprescindible acotar para definir derechos y obligaciones, y que dichos modelos se presenten con total seguridad.

En este sentido, el consumo colaborativo permite a individuos colaborar, compartir servicios o bienes por medio del intercambio o trueque, o convertirse en microproductores o emprendedores que prestan servicios o alquilan activos. En la práctica, el concepto se está fragmentando cada vez más y creando confusión al incorporar empresas que operan bajo este modelo. Una confusión importante, ya que nos referimos a un mercado global potencial de 570.000 millones de dólares para 2025 según datos de PWC de 2016.

Así surgen posiciones más restrictivas que solo consideran economía colaborativa a relaciones entre particulares. De esta forma responden a preguntas como: ¿qué tienen en común Uber con el banco del tiempo? ¿Cabe el ánimo de lucro en este modelo? Algunos van más allá y hablan de una actividad voluntaria y que requiere compromiso, esfuerzo y tiempo y que en principio no implica una transacción monetaria; en caso de existir, para ellos esta actividad pasaría a la economía monetaria y dejaría de ser prosumo.

Otros no solamente incluyen las transacciones monetarias, sino las relaciones que dejan de ser simétricas entre iguales para pasar a ser dispares entre los usuarios y en la que incluso predomina la figura del autónomo en algunos casos.

 

OCU: tres tipos de plataformas

¿Tienes alguna afición y quieres vender tus creaciones? ¿Necesitas clases de inglés y, a cambio, ofreces tus habilidades como manitas? ¿Quieres comprar o vender ropa de segunda mano? Con el auge de las plataformas colaborativas, el nuevo prosumidor ha tenido en su mano consolidarse, a través de las webs que ponen en contacto a personas que ofrecen un bien o servicio con otras que lo demandan.

Como hemos visto, el problema surge cuando la economía colaborativa se convierte en un cajón de sastre donde existen plataformas de diversos tipos y con distintos objetivos. El estudio Consumo colaborativo: ¿colaboración o negocio?, publicado por la OCU en colaboración con la Universidad Complutense y Ouishare, clasifica las plataformas en tres tipos en función de su orientación social.

En primer lugar, las que buscan el beneficio, como por ejemplo Airbnb, BlaBlaCar, Eatwith, Etecé, Socialcar, etc. Por otro lado, aquellas que facilitan el intercambio, como Segundamano, Homeaway, Amovens, Creciclando, etc. En tercer lugar, menos numerosas, las que promueven la transformación social y los hábitos de consumo sostenibles, como Huertos Compartidos y La Colmena que dice Sí.

Sin embargo, en muchos casos la delgada línea que separa a un particular de un profesional no está clara.

 

La clave: los actores

Por su parte, el informe Los modelos colaborativos y bajo demanda en plataformas digitales, elaborado por Sharing España —una agrupación de empresas vinculadas a la economía colaborativa dependiente de la Asociación Española de la Economía Digital (Adigital)— hace una primera distinción muy práctica entre economía colaborativa offline y la online.

En la primera se encuentran los bancos del tiempo, los grupos de consumo, los huertos urbanos, los espacios makers, fablabs o los coworkings. Por su parte, advierten de que el uso de la tecnología ha sido clave para el crecimiento exponencial gracias a la facilidad de conectar de manera instantánea oferta y demanda. Así surgen otros tres tipos en la vertiente online: economía colaborativa, bajo demanda y de acceso. El matiz se pone en quiénes acuden a la plataforma a ofertar y demandar.

Así, acotan la economía colaborativa como “aquellos modelos de producción, consumo o financiación que se basan en la intermediación entre la oferta y la demanda generada en relaciones entre iguales (P2P o B2B) o de particular a profesional a través de plataformas digitales que no prestan el servicio subyacente, generando un aprovechamiento eficiente y sostenible de los bienes y recursos ya existentes e infrautilizados, permitiendo utilizar, compartir, intercambiar o invertir los recursos o bienes y pudiendo existir o no una contraprestación entre los usuarios”. Se incluyen desde actividades altruistas o de donación hasta acciones sin ánimo de lucro en las que se comparten únicamente los gastos ocasionados por un bien puesto en valor, como compartir coche entre particulares (BlaBlaCar), y también actividades con ánimo de lucro, como la compraventa de segunda mano entre particulares (Wallapop).

Por su parte, en los modelos bajo demanda siempre existe una relación comercial entre los usuarios; es decir, tiene lugar la prestación de un servicio ya sea por parte de profesionales o por parte de particulares, dependiendo del modelo. Por ejemplo, Uber y Cabify, los portales como Etece.es o los de reparto, como Glovo o Deliveroo.

Por último, la economía de acceso son “aquellos modelos de consumo en los cuales una empresa, con fines comerciales, pone a disposición de un conjunto de usuarios unos bienes para su uso temporal”. En este caso, la plataforma sí presta el servicio subyacente, mientras que en los dos anteriores simplemente es el escenario en el que se intercambia oferta y demanda. En esta categoría incluiríamos los servicios de carsharing, como Car2Go o BlueMove y el coworking.

 

Consumo colaborativo profesional

Internet pone fácilmente en contacto personas que necesitan un servicio con quienes los prestan. Entre estos últimos algunos son profesionales autónomos y, en este caso, este aspecto debería quedar claro en la plataforma colaborativa. Muchos otros ofertantes de servicio no son autónomos, sino una categoría intermedia que muchos consideran prosumidores.

Ejemplo de ello son quienes se ofrecen para hacer pequeñas obras o reparaciones en nuestro domicilio, profesionales freelance como periodistas o diseñadores, personas que cuidan niños o personas mayores, quienes cuidan o pasean mascotas, etc. ¿A partir de qué momento deberían pasar a contar como profesionales?

En estos casos, la OCU defiende que no se trata de “piratas” si no es su actividad habitual y lo que ingresan por estas faenas extra no llega al salario mínimo (9.907,80 euros al año), según ha considerado admisible el Tribunal Supremo en diversas sentencias para no darse de alta como autónomo y aun así ser profesionales legales. También hay que tener en cuenta si se utiliza un local o no, si la actividad es el medio de vida principal o un complemento, etc. Eso sí, una persona que esté cobrando la prestación por desempleo no puede realizar ningún trabajo por cuenta propia, sin importar el importe de este.

 

Obligaciones legales

Este nuevo modelo trae consigo un problema: nuestra legislación no está pensada para particulares que generan microingresos, sino para empleados y autónomos. A menudo se les exige a los prosumidores los mismos requisitos que a los profesionales (alta en la Seguridad Social, pago trimestral del IVA, licencia de apartamento turístico, etc.). No cabe duda de que los particulares deben tener obligaciones legales y fiscales como el resto de actores económicos, pero muchos piensan que los importes y los trámites deberían estar adaptados a su escala.

¿La solución? Distinguir claramente los límites y trámites exigibles legal y fiscalmente. Mientras ello no suceda, nos encontramos con plataformas que mezclan particulares y profesionales, con profesionales que se disfrazan de particulares para evadir sus obligaciones y con consumidores engañados y frustrados.

En este sentido, la OCU ha elaborado diez peticiones a legisladores y Administraciones públicas para fijar unos principios claros, que se alejen de reglamentos y burocracia adicional. Entre estas peticiones incluye la de asegurar un marco común europeo para proteger a los usuarios en aquellas actividades que típicamente se desarrollan de forma internacional, como el transporte o los alojamientos, y que defina los parámetros que distinguen a una actividad profesional de una privada. También solicita establecer una legislación clara que especifique la responsabilidad cuando se producen conflictos o problemas en las plataformas.

 

Ánimo de lucro

¿Cuándo un particular deja de serlo y pasa a ser un proveedor profesional? Resulta complejo definir los límites fiscales, laborales, de habitualidad o profesionalidad cuando hablamos de modelos de economía colaborativa. Por su parte, Sharing España, ante esta complejidad, cree que “lo más sencillo es determinar cuándo la actividad se realiza con ánimo de lucro o con fines de compartición de costes, y determinar cuáles son estos costes, ante la existencia de una serie de conceptos que resultan ambiguos y no facilitan una seguridad jurídica para la prestación de servicios a través de plataformas”.

Esta agrupación de empresas de economía colaborativa, bajo demanda y acceso pide también que se establezca un marco de seguridad jurídica apropiado para plataformas y para prestadores de servicios de la economía colaborativa, a la vez que un criterio uniforme de habitualidad adaptado a cada una de las diferentes actividades de la economía colaborativa y que dé lugar a un criterio uniforme de profesionalización de la actividad.

Para ella, resulta fundamental la “fijación de un límite cuantitativo a partir del cual se considera que las ganancias obtenidas por una actividad entran dentro del concepto de ánimo de lucro por exceder lo que se considera compartición de gastos”.

Así, sugieren que también es necesario definir qué conceptos incluye la compartición de gastos. Por ejemplo, en el caso de los vehículos, coste de combustible y peajes del trayecto, coste de mantenimiento, del seguro o impuestos. Para los alojamientos, la amortización del bien, el coste de mantenimiento y los suministros, el coste de los seguros o los impuestos.

 


Actúo como prosumidor cuando…

  • Alojamiento: practico el homesharing (alquiler temporal de vivienda o habitaciones entre particulares), comparto o intercambio mi vivienda en vacaciones.
  • Finanzas: hago crowdfunding (financiación colectiva) de donación o de recompensa, participo en la recaudación colectiva de dinero dentro de una comunidad para un fin concreto, cambio de divisa directamente con otro particular sin la intervención de un banco ni de una casa de cambio.
  • Consumo: vendo artesanía hecha por mí, practico la compraventa de productos usados como una bicicleta, hago trueque o intercambios, dono productos que ya no utilizo.
  • Movilidad: comparto mi coche, practico el carsharing (utilizo el vehículo de una empresa titular de la plataforma), alquilo un coche o el mío con otros particulares, pongo mi plaza en alquiler en los momentos en que no la utilizo, utilizo una bicicleta de forma temporal a través de una plataforma de servicios.
  • Autoconsumo: cultivo un huerto con mis vecinos, produzco mi propia energía, formo parte de grupos de autoconsumo.
  • Tareas y trabajo: presto o recibo ayuda para una mudanza, recibo o doy clases de idiomas, intercambio mi tiempo con otros para hacer tareas o servicios, hago de guía turístico para otros particulares o utilizo uno de ellos.

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