El blog de la Mutualidad de la Abogacía

Guerra comercial China-EU
9 septiembre 2019

Guerra comercial y liderazgo mundial

Por Pedro del Pozo Vallejo
Director del Departamento de Inversiones Mobiliarias de la Mutualidad de la Abogacía.
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Desde hace algo más de un año, estamos siguiendo en las noticias y, por supuesto, viviendo en los mercados de activos una lucha por el predominio mundial que hasta ahora denominamos guerra comercial.

Para la gran mayoría de la opinión pública, esta (de momento) soterrada disputa se circunscribe al ámbito, innegablemente prolífico, de los tuits del presidente Trump anunciando determinadas subidas de aranceles a China, que, tras provocar no poca e incómoda volatilidad en los mercados, queda razonablemente mitigada por periodos de tregua con duraciones de entre unas pocas semanas y unos pocos meses… hasta el siguiente tuit.

Podríamos pensar que estos mensajes en las redes sociales del presidente de los EE. UU. obedecen a razones de política interna, en línea con el ideario de America First que llevó al singular empresario a ser inquilino de la Casa Blanca. Sin duda hay algo de cálculo electoral en todo ello. Pero también existen razones de mucho peso para que EE. UU. (y Europa, por más que por ahora tengamos un cierto papel de mero observador) se encuentren molestos con la gestión económica de las autoridades chinas. Porque el mundo y, desde luego, la tecnología han cambiado mucho en las últimas décadas.

 

El dragón ya innova

No hace tanto tiempo, China era para los mercados mundiales el paradigma de un país emergente. La idea que teníamos solo veinte años atrás del gigante asiático era la de un pueblo industrioso y trabajador, capaz de competir cada vez con más éxito como centro manufacturero debido a su extraordinaria competitividad en costes, particularmente salariales.

El PIB de China en 1999 apenas superaba el billón de euros, una cifra casi un 20 % inferior al de España en 2018. Para una población, en aquel momento, de unos 1.200 millones de habitantes, la renta per cápita nos devolvía la imagen caleidoscópica de un país pujante lleno de gente pobre. En todo caso, eran muy reseñables sus extraordinarias tasas de crecimiento que, aun partiendo de niveles muy bajos, conseguía sistemáticamente sostener en el tiempo en baremos cercanos o incluso superiores al doble dígito.

A lo largo de los siguientes diez años, la industria china, eminentemente exportadora, fue sofisticando sus productos de manera perceptible, pasando de los artículos de bajo valor añadido (plásticos, juguetes, componentes, etc.) a la electrónica básica, en buena medida réplicas, mucho más baratas, de modelos de países desarrollados.

Los flujos de divisas que entraron en el país no fueron desaprovechados. Por el contrario, el capital fue utilizado para un desarrollo realmente espectacular de ciertas áreas de su extenso territorio, para una adaptación de sus finanzas a los mercados financieros internacionales (incluyendo la compra masiva de deuda de EE. UU.) y, cómo no, para una formidable inversión en investigación y desarrollo de todo tipo de productos, particularmente en el ámbito de la electrónica.

Mientras China se ha dedicado a fabricar primero patitos de goma y luego piezas y componentes para empresas de tecnología occidentales, no ha habido problema. Muchas multinacionales, de hecho, han instalado allí sus fábricas, en un movimiento claro de deslocalización, para mejorar sus costes. Incluso hemos sido razonablemente indulgentes con los casos de “ingeniería inversa” (eufemismo que significa burdamente “copia industrial”) llevados a cabo en el país asiático. Sencillamente China era un invitado deseado en la mesa de la economía mundial, la fábrica del mundo, con una capacidad y potencial muy importantes, tanto como productor como eventualmente mercado de artículos de otros países. Todo indicaba que podría ser un colaborador más que útil para inyectar tracción a la economía global, especialmente en un mundo triturado por la crisis financiera y de deuda de los años 2008 a 2012.

En el último lustro, China ha comenzado a dar síntomas de un cambio al principio apenas perceptible y hoy realmente evidente y estratégicamente relevante: el dragón ya no solo fabrica, el dragón innova. En 2017 el gigante asiático adelantó a Japón en el número de solicitudes internacionales de patentes, situándose en el segundo lugar de la lista detrás de EE. UU. La diferencia en este caso es que las patentes chinas crecen a doble dígito mientras las estadounidenses lo hacen a tasas mucho más modestas. De seguir así, en tres o cuatro años China será el país con más nuevas patentes presentadas, y en una década, tal vez menos, el país con más patentes en vigor.

Prácticamente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, comprendiendo los habituales ciclos económicos y la clara aceleración del mundo digital a partir de los años noventa, la tecnología ha sido un patrimonio hegemónico de EE. UU., asistido por determinados escarceos soviéticos (especialmente en el ámbito aeroespacial) y las adecuadas aportaciones de otros países con economías capaces y competitivas, singularmente Japón y Alemania. Pues bien, este predominio se está poniendo en tela de juicio hoy, lo que no solo significa una amenaza para Apple, Google, Microsoft o Intel, sino que realmente cuestiona la estructura del orbe de dentro de veinte o treinta años. Porque, en un mundo cada vez más tecnológico, parece obvio que quien tenga la tecnología, tendrá el poder.

 

Se inician las hostilidades

En marzo de 2018, el Sr. Trump anunció la imposición de 50.000 millones de dólares en aranceles a China. El motivo aducido fue la realización de prácticas comerciales desleales de China a lo largo de los años, incluyendo el robo de propiedad intelectual. Apenas dos semanas después, el Gobierno chino respondía imponiendo aranceles a 128 productos de EE. UU.

Desde entonces, las idas y vueltas de esta escalada arancelaria se han sucedido, con ciertos intervalos de tregua, como comentábamos (especialmente de diciembre de 2018 a marzo de 2019) y alzas puntuales de la tensión, como la detención de la directora financiera de Huawei, empresa que define el paradigma de la marca china asociada
a la actual tensión.

Naturalmente, los mercados financieros no se han tomado precisamente bien, no ya la mala noticia de que el comercio mundial pueda quedar restringido, sino las dudas de no conocer exactamente el suelo que se pisa. Al final del día, es mucho más sencillo gestionar activos con peligro conocido que con incertidumbre, de la misma manera que es más sencillo conducir con curvas señalizadas que conducir con niebla. En ese sentido, las bolsas mundiales vieron un importante repunte durante la época de tregua de principios de año, coincidiendo también con un sentimiento de mayor laxitud en la política monetaria estadounidense. El recrudecimiento de la crisis de mitad de mayo ha vuelto a hacer sonar las alarmas, porque ya llueve sobre mojado.

En el verano de 2018, la crisis actual se contemplaba como uno de los muchos one offs, uno de los muchos impactos únicos y concretos que afectan a los mercados de manera periódica y que, una vez resueltos, apenas tienen incidencia en el devenir financiero, por no afectar a pilares fundamentales de la economía. El problema es que cuando uno de estos one offs se dilata en el tiempo, puede constituir un problema crónico. Y este puede ser el caso de la presenta disputa.

Porque más allá de mejorar la balanza comercial de EE. UU. a nivel global, leitmotiv de la administración Trump, lo cierto es que China no contempla la misma reciprocidad en sus relaciones económicas y comerciales con el resto del mundo. Para un tercer país, invertir en el gigante asiático es extraordinariamente difícil, si de lo que se trata es de mantener el control de la empresa. Las barreras de entrada son muy altas, y van de la mano de tener un socio local, cuya confianza hay que ganarse. Por supuesto, es fácil comprar artículos chinos. Menos fácil, aunque factible, es exportar productos a este país, cuya demanda de determinados bienes, con baja competencia local (coches y artículos de lujo, por ejemplo) no para de crecer. Pero penetrar realmente en su mercado, dirigir compañías con sede en China y capital extranjero es, a día de hoy, virtualmente imposible.

Todo ello contrasta con las facilidades y el apetito por recibir financiación en Occidente de dinero chino. Esta demanda ha llegado incluso a la emisión de bonos, públicos y privados, en yuanes: los llamados “bonos panda”. Por consiguiente, de manera ideal, el conflicto abierto no trata tanto de entorpecer el desarrollo de China, como que este desarrollo se realice en pie de igualdad con el resto de países y en condiciones parecidas de mercado. No debemos olvidar que la Organización Mundial de Comercio, por cierto, el organismo que debería dirimir la actual confrontación (y en la que el presidente Trump no mantiene precisamente la confianza), tiene abiertas más de cuarenta causas contra China, muchas de las cuales se refieren a la propiedad intelectual.

 

¿Quién ganará la guerra?

Decía Winston Churchill, de manera no literal, en su compendio de la Segunda Guerra Mundial que si uno no plantea la lucha cuando es fácil ganar, es posible que se vea abocado a plantearla cuando no sea tan fácil la victoria, o incluso, peor, cuando tenga todas las de perder. Tal vez este axioma sea la base del enfrentamiento estratégico hoy de EE. UU. con China.

A tenor de lo sucedido en estos meses, queda claro que, en el caso de una guerra abierta entre las dos primeras potencias, ambas pierden. Todos perdemos, de hecho. Las relaciones económicas mundiales son tan estrechas que es imposible evadirse de figurar en la lista de bajas. Pero ¿quién pierde más en el corto plazo? La pregunta tiene respuesta y es la nación que dependa más del comercio y menos de su consumo interno. Y esa nación, a día de hoy, es China. Por supuesto, las pérdidas estadounidenses podrían ser catastróficas en tantos ámbitos que exceden la capacidad de estas páginas. Pero la idea que subyace es que EE. UU. podría reponerse de ese quebranto de manera mucho más rápida que China, dado su mayor músculo y su mayor poderío (17 billones de euros de PIB frente a 11,3 del país asiático). Es decir, las palabras de Winston Churchill: luchar ahora, cuando es factible ganar.

Porque qué duda cabe que con una población casi cinco veces mayor y con un régimen que no se ve mediatizado por cambios de gobierno cada cuatro años, debido a la ausencia de un electorado al que hay que contentar, China tiene mucho tiempo por delante. No han ganado los asaltos del 3G y del 4G, pero la lucha se plantea ahora en términos del disruptor 5G, con el que funcionarán coches autónomos, casas robotizadas y ciudades inteligentes. La guerra sigue y nadie dijo que fuera fácil el camino hacia el liderazgo mundial. Los EE. UU., en esa andadura, tuvieron que superar dos conflagraciones mundiales y una Guerra Fría. Con mucha probabilidad, el próximo conflicto no se dirimirá en términos militares, aspecto muy favorable a los EE. UU. hoy en día, sino tecnológicos. Y, en ese sentido, y con el permiso de los mercados, la actual batalla no ha hecho sino empezar.

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