El blog de la Mutualidad de la Abogacía

Ovejas
18 marzo 2017

Rebaños de ovejas

Por Pedro del Pozo Vallejo
Director del departamento de Inversiones Mobiliarias de la Mutualidad de la Abogacía
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Es muy probable que, en algunas ocasiones, el lector de este artículo haya tenido la impresión de que los mercados financieros se mueven por fuerzas absolutamente irracionales.

En honor a la verdad, esa misma sensación la hemos tenido la práctica totalidad de los profesionales que nos dedicamos a algún ámbito relacionado con la gestión de activo. Pero sería un error atribuir estos movimientos meramente al azar o a la propia indeterminación de un mundo, la inversión, sin reglas. Por el contrario, el mundo financiero tiene tanto de fundamentos técnicos, que deben cumplirse, como de teoría del caos, de la que ya hemos hablado en alguna ocasión, debido a las múltiples variables interdependientes que intervienen en su desarrollo.

 

La información está ahí

Lo primero que debemos tener en cuenta es que la información, casi toda la información, está ahí, disponible para su uso por los agentes financieros. Los famosos casos de “información privilegiada”, en un mundo unido con comunicaciones en tiempo real, con miles de actores simultáneos estableciendo pautas de inversión, constituyen lances absolutamente anómalos y, por lo demás y cuando menos, sospechosos.

No obstante, que la información esté disponible en absoluto significa que sea tenida en cuenta. De hecho, la globalización genera, probablemente, mucho más material del que podemos procesar. Ello crea lagunas en el flujo de toma de decisiones, al decidirse estas últimas sobre la base de supuestos incorrectos o, en la mayoría de las ocasiones, incompletos.

Pero además hay un problema añadido que podemos comentar, común en la naturaleza humana: desestimar información que no es consistente con nuestras convicciones más profundas. A pesar del espíritu crítico que debe tener toda labor de análisis, resulta difícil imaginar lo que, a lo largo de la experiencia profesional transmitida por nuestros mayores, nunca ha sido posible que sucediera. En ese sentido, las ideas preconcebidas son muy malas consejeras.

Si han tenido la oportunidad de ver la película La gran apuesta, acerca del comienzo de la crisis subprime, seguramente se habrán preguntado cómo es posible que algo tan evidente como el empaquetamiento en bonos de hipotecas basura, que nunca iban a ser pagadas, no fuera algo obvio para el sistema financiero en su conjunto, que solo unos pocos escogidos pudieran preverlo y apostar por ello. La razón en realidad es tan obvia que asusta: sencillamente nadie podía pensar que los americanos no fueran a pagar sus hipotecas, axioma tenido hasta 2008 como absoluto, de la misma manera que nadie podría pensar en el siglo XIX que se pudiera llegar a la Luna, salvo Julio Verne.

Se podría decir que el gran mundo financiero se reafirmó en 2007 en lo conocido, es decir, que no se podía llegar a la Luna. Y ello bien cimentado en la seguridad que daba obviar la información que sugería lo contrario y, además, apoyarse en la tradición secular del inversor de EE. UU. Naturalmente el Apolo XI llegó a nuestro querido satélite. Y, como ya sabemos, las hipotecas basura dieron comienzo a la mayor crisis desde el crack del 29 que, entre otras muchas cosas, algunas de las cuales las seguimos pagando, se llevó por delante al banco que finalmente puso nombre al evento: Lehman Brothers.

 

¿Cuántas veces en nuestra vida no hemos tomado decisiones, que pensábamos correctas, por temor a aparecer “en los focos” si la cosa no salía como preveíamos? ¿Cuántas veces hemos tenido miedo a actuar exponiendo nuestra carrera o imagen si no se daban los resultados que entendíamos como lógicos? En resumen… ¿cuántas veces nos hemos dejado llevar por la corriente? En algunas ocasiones, en el ámbito financiero, a este miedo a meter la pata se le ha denominado también “riesgo de silla” o riesgo de perder la silla si uno se sale del canal establecido.

 

La suma de cada uno de los “riesgos de silla” nos confiere una actitud de grupo, de rebaño, en el que ningún individuo desea separarse de sus congéneres por miedo a que se lo coma el lobo

 

Pensemos por un momento en un gestor de fondos de renta fija de principios de 2012, con sede en Londres o Nueva York. Es más que posible, casi seguro, que haya visto los datos en España. Tal vez incluso conozca en profundidad el país, su potencial, etc. Puede que confíe en la fortaleza del euro y en la capacidad española, dentro de la Unión Europea, para superar el difícil trance en el que se halla. En resumen, puede que vea una clara oportunidad en comprar la deuda pública del Reino de España, líquida, con rating de Grado de Inversión y que paga unas rentabilidades increíbles en comparación con los bonos alemanes equivalentes (la famosa prima de riesgo). Pero no lo hace, no entra en bonos españoles… ¿Por qué? No lo hace, sencillamente, porque sus jefes, en primera instancia, y sus clientes, en segunda, no lo aceptarían. No conocen el país como él, no confían en el euro. Piensan que España pedirá el rescate, de manera análoga a lo que está haciendo Grecia, porque es lo que básicamente dice la prensa salmón. La máxima para ellos es “periféricos no”, sin distinciones; da igual si se trata de Grecia, de Portugal, de Italia o de España. Y frente a eso no hay otra para nuestro gestor que obedecer. Lo contrario le puede reportar perder el puesto. La silla.

Lo que aquí hemos contado no es ninguna historia irreal. Pasó, y lo hizo hace no tanto tiempo y en coordenadas parecidas a lo expuesto: las famosas giras por la City del Ministro de Economía, tratando de convencer a los inversores (los jefes de nuestro gestor del ejemplo), iban encaminadas a eliminar esos “riesgos de silla” en el mundo de los grandes compradores de bonos internacionales. Porque no hay mayor miedo que el de equivocarse contraviniendo el pensamiento general. Y el mundo del dinero es miedoso.

Naturalmente, la suma de cada uno de los “riesgos de silla” nos confiere una actitud de grupo, de rebaño, en el que ningún individuo desea separarse de sus congéneres por miedo a que se lo coma el lobo. Y es que, como en el ejército, quien se salta una orden solo tiene dos posibles salidas, dependiendo del resultado final de su acción: una medalla, más improbable, o, con más frecuencia, un consejo de guerra.

 

Automatismos del sistema. ¿No era buena esa noticia?

Llegados a este punto conviene tener presente que el “efecto masa” que se deriva de una información común y de unos temores compartidos, se ve acrecentado en los últimos tiempos por el poder de la tecnología.

Siempre han existido grandes inversores cuyas decisiones, por efecto del volumen o de su reputación, han tenido consecuencias sobre la evolución de los mercados. Pero hay que resaltar que el gran desarrollo de la informática aplicada a la inversión convierte estos movimientos en auténticos maremotos, contra los que resulta muy difícil oponerse.

Desde un punto de vista incluso visual, merece la pena contemplar estas órdenes masivas de compra o de venta, totalmente automatizadas, en momentos muy concretos de mercado, como puede ser la publicación de un dato macroeconómico particularmente importante. Los gráficos de precios parecen entonces que volaran (o se estrellaran) de manera especial en los activos más líquidos o directamente implicados.

Las grandes casas de inversión están preparadas al efecto. Los Hedge Funds mastodónticos, casi la totalidad de ellos manejando las mismas premisas, tienen el efecto de una manada de elefantes sobre unas débiles líneas de contención: es imposible sujetarlos cuando entran a vender o a comprar.

Con estas premisas, es fácil imaginar cómo nuestro rebaño puede convertir un movimiento brusco en una estampida: los niveles técnicos son los mismos para todos los observadores. Los famosos stop loss se concretan en muy parecidos baremos. La ruptura de una referencia importante, al alza o a la baja, induce pues a nuestros grandes fondos a proceder con sus programas masivos de compra o venta automáticos, que causan una ola que se contagia al resto del mundo inversor. Y, de manera natural, uno mismo, como inversor individual, solo tiene dos opciones: dejarse llevar por la marea o aguantar en su bote salvavidas, esperando la calma y rezando para no hundirse.

El inversor individual solo tiene dos opciones: dejarse llevar por la marea o aguantar en su bote salvavidas, esperando la calma y rezando para no hundirse

Todo ello crea situaciones no por habituales menos paradójicas. En algunas ocasiones los mercados reaccionan al contrario de lo que la lógica haría esperar. Cuántas veces unos buenos resultados de una compañía han ido acompañados de fuertes caídas del valor… Cuántas veces en estos años un mal dato de crecimiento ha tenido un buen impacto en la Bolsas. ¿Qué ha ocurrido? ¿Lo hemos interpretado al revés o estamos todos locos?

Evidentemente, cada caso es un mundo. Pero puede ocurrir, y de hecho ocurre, que un buen dato hoy puede ser interpretado como un dato que solo puede ir a peor mañana. En la presentación de resultados de una compañía, por ejemplo. O bien, un bajo crecimiento publicado puede derivar en mayores medidas de estímulo monetario,
es decir, gasolina para la Bolsa, por seguir los ejemplos del párrafo anterior. Y ahí, otra vez, tenemos a nuestros amigos de los grandes fondos, llevándose con fuerza la valoración de los activos implicados hacia el lado en el que no pensábamos. Y, lo que es más interesante, no sin cierta justificación.

Todo ello enmarca un mundo que expone sin tapujos nuestra pequeñez en el conjunto de los mercados; nuestra aportación marginal al gran rebaño de las inversiones; la necesidad de comprender con humildad la dura disciplina de la inversión, manteniendo la sangre fría tanto en los éxitos como en los fracasos… Porque, llevado al extremo, como dijo Keynes, “el mercado puede mantenerse mucho más tiempo irracional que tú solvente”.

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