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Hombre con prismáticos
1 junio 2016

Sueños y previsiones

Por Raúl de Andrés
Periodista. Director de Fábrica de ideas de TVE
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El truco está en que la preocupación por ser previsores no nos paralice a la hora de aceptar nuevos desafíos para cumplir nuestros sueños

Cuando llegas a este mundo (1965) dentro de una familia en la que el padre tiene 46 años pero aparenta 10 más, como les ocurría entonces a muchos hombres de su generación, se producen ciertas divergencias que tienen su relevancia en el desarrollo de la personalidad. Que le dijeran a tu padre, refiriéndose a ti, “vaya nieto más rico tiene”, cae en lo anecdótico; pero que la juventud del hijo coincida con el momento en el que el progenitor solo piensa en ahorrar para la jubilación genera muchas tensiones de las que ahora puedo extraer alguna enseñanza.

Es decir, mientras que uno (pongamos el hijo) batalla para sacarse el carné de conducir y comprarse un coche (gasto); salir con los amigos y viajar (más gasto); tener ordenador (entonces muy caros y poco prácticos, el primero tenía ¡16 K de memoria!); hacer cursos de lo más variado (ahora reconozco la inutilidad de alguno de ellos, pero de nuevo, más gasto), etc., el padre solo está obsesionado con ese concepto impreciso en el tiempo como es “el día de mañana”. Son tan diferentes las perspectivas que el choque generacional es inevitable, fruto de la propia naturaleza; uno vive la juventud como una etapa en la que se han de asumir riesgos, sin pensar en ese remoto y poco matemático día de mañana; otro ve la jubilación como una frontera demoledora en la que la previsión y la prudencia han planteado una ecuación donde los ingresos son conocidos y limitados, pero queda por despejar la incógnita del tiempo.

Con estos antecedentes familiares, ese hijo al que me refería va llegando a la edad en la que se buscan posturas extrañas para atarse los cordones de los zapatos, en la que las conversaciones con amigos se centran con frecuencia en dietas y tratamientos varios, en la que vas a un concierto a ver a tu ídolo porque no sabes si será su última gira, en la que se abrazan con entusiasmo las nuevas tecnologías por razones inconfesables (por ejemplo, el libro electrónico, gran invento antipresbicia que permite agrandar la letra) o en la que con horror descubres que tus hijos te ganan ya en todos los deportes. Es entonces también cuando te das cuenta de que tu perfil financiero ha sufrido un sutil cambio, y pasas de tener una “mente de renta variable” a una de “renta fija”. Ya no calculas el riesgo de una inversión previendo el tiempo que puedes mantenerla para que se recupere si al principio no sale bien, sino con los años que te quedan para que un ERE te envíe al parque a dar de comer a las palomas.

Es decir, se va llegando gradualmente a ese punto en el que entiendes mucho mejor las preocupaciones que acosaban a tu padre. El agobio te alcanza a ti cuando piensas en la lista de cosas que te gustaría dejar resueltas: los estudios de los hijos y la capacidad de poder ayudarlos si fuera necesario, el tratamiento de una enfermedad imprevista o la incertidumbre de ese día de mañana cada vez menos lejano pero más duradero, porque se viven más años, en el que no queremos ser una carga para nadie.

Afortunadamente, la dolorosa lucha generacional que viví en primera persona debió dejar algún poso porque siempre he tenido la preocupación por el ahorro. Además, si te dedicas al mundo del periodismo, hay más papeletas para que ese manido “por lo que pueda pasar” sea un acontecimiento tirando a negativo. Ahora lo veo claro, he tenido la convicción subconsciente de que mi padre no era un tacaño, sino un hombre que no hizo otra cosa que trabajar en su pequeño negocio, sabiendo exactamente cuánto le había costado, en horas detrás de un mostrador, cada billete de mil pesetas que ingresaba en su cartilla de ahorros. Y que su ejemplo debía ser aprovechado.

Los tiempos hoy son otros, no necesariamente más fáciles, pero la esencia sigue siendo la misma, intentar minimizar la incertidumbre. El truco quizás esté en que los “sueños e ilusiones” de la juventud sean translúcidos y no oculten lo que inevitablemente llegará después; y que la preocupación por ser previsores no nos paralice a la hora de aceptar nuevos desafíos que nos acerquen a cumplir nuestros sueños. Es en esa tensa combinación de “sueños y previsiones”, sospecho, donde está la correcta posología para no perder nunca ni la capacidad de ilusionarse y cumplir las ambiciones personales, ni la de estar preparado, en la medida de lo posible, ante lo incierto que se puede esconder a la vuelta de la esquina.

Por todo ello me atrevo a pensar también que, además de seguir el ejemplo de nuestros mayores, buscar el consejo de los compañeros que ya han recorrido el mismo camino que se ha emprendido, atender sus razonamientos y aprovechar todas las posibilidades que ponen a nuestro alcance, no es la peor cosa que podamos hacer desde el mismo momento del inicio de la actividad profesional.

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