El blog de la Mutualidad de la Abogacía

Turbulencias
7 febrero 2019

Turbulencias tras la crisis

Por Pedro del Pozo Vallejo
Director del Departamento de Inversiones Mobiliarias de la Mutualidad de la Abogacía.
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Sería muy aventurado decir, cuando se cumplen diez años del comienzo oficial de la crisis, que la economía ha abandonado definitivamente la zona de turbulencias.

Conviene no olvidar que trances con la profundidad y duración como el que hemos vivido no se recuerdan en nuestra historia económica contemporánea, al menos desde el famoso Crack del 29. Convulsión esta última, por cierto, que generó el caldo de cultivo que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. Precisamente a los diez años…

 

Una tormenta perfecta

En no pocas ocasiones se ha comentado que la concatenación de acontecimientos a raíz de la quiebra de Lehman Brothers, el pistoletazo oficial de inicio del drama, han convertido la última década en una tormenta perfecta que encaja plenamente en la definición de crisis integral: lo que comenzó siendo un shock financiero y bancario de hondo calado generó una brutal recesión económica, que a su vez derivó en algo muy cercano al colapso de determinados países por la vía del espectacular crecimiento de su deuda pública. En el caso de España, todo se vio acompañado de un tremendo desplome del sector inmobiliario, que costará mucho tiempo olvidar… (¿o tal vez no?).

A lo largo de estos años, la situación se ha ido revirtiendo a diferentes velocidades en función del país y con distintos protagonistas y dispares momentos, dependiendo del caso concreto y de la zona geográfica. En líneas generales, la abundancia de liquidez proveída por políticas monetarias inusualmente expansivas, llevadas a cabo por los bancos centrales, ha hecho posible evitar el derrumbe del sistema y la recuperación de la confianza financiera. Adicionalmente, muchos países se han visto no ya en la necesidad, sino en la obligación de adoptar políticas fiscales anormalmente duras, pero en todo caso preferibles a una quiebra general de sus respectivas economías. El resultado de todo ello, el hundimiento en primer lugar y la durísima y costosa recuperación en segundo término, no puede ser inocuo sobre el conjunto de la sociedad y, de hecho, no lo ha sido.

Si por algo se puede caracterizar el momento político actual, a nivel mundial, es por el elevado grado de penetración del descontento social: la crisis ha sido muy dura, las soluciones a esta han pasado por un fuerte ajuste económico generalizado y buena parte del coste ha recaído sobre el contribuyente final, ya se trate de personas físicas o empresas. No nos debe sorprender pues que la indignación y el rechazo social sean moneda de cambio en todo Occidente.

Llegados a este punto conviene tener presente que esta decepción de buena parte de la población tiene lugar en un contexto financiero caracterizado por fuertes cambios estructurales: fenómenos como el envejecimiento poblacional, el impacto de las nuevas tecnologías sobre la vida y el trabajo de las personas, la aparición de nuevas potencias económicas, singularmente China, tras años de hegemonía estadounidense indiscutible o la mayor contribución relativa de los llamados países emergentes al crecimiento global son aspectos que refuerzan en cierto modo el sentimiento general de crisis, en su acepción más cercana a cambio, del grueso de la ciudadanía. Especialmente, aunque no solo, en los países desarrollados.

El resultado final está siendo la proliferación de fenómenos populistas en multitud de países y regiones, que adquieren formas distintas en función de la idiosincrasia del lugar y que van desde la extrema izquierda a la extrema derecha, pasando por el antieuropeísmo o el nacionalismo exacerbado. En buena medida, hoy nos toca gestionar el legado social de la crisis económica, es decir, la decepción, la indignación y el descontento. Como decíamos, el Crack del 29, acaecido en un mundo con unas condiciones de desarrollo económico y social no comparables al año 2008, se tradujo en el auge del comunismo y del fascismo, en tensiones sociales muy profundas
(… cuando maduran las uvas de la ira…) en varias guerras civiles y en la Segunda Guerra Mundial. Afortunadamente, hoy el mundo es otro y el frente de batalla se dirime en parlamentos y foros internacionales en lugar de en las cervecerías de Múnich, los campos de Belchite, los cielos del sureste de Inglaterra o las playas de Normandía.

El problema es, no obstante, muy complejo y, como no podía ser de otra manera, afecta de manera directa tanto a la marcha económica general mundial (causa y efecto, en este caso) como a los mercados financieros. Unos mercados financieros en los que llueve sobre mojado y que no están del todo recuperados, formal y anímicamente, de la crisis que han soportado, aunque de manera desigual, estos años.

 

Italia como paradigma actual

En los últimos diez años, los sobresaltos financieros han sido moneda de cambio habitual en un mundo que, partiendo de una auténtica debacle, ha ido apuntalando con esfuerzo su recuperación. Tras los EE. UU. de las subprime y de Lehman, hemos tenido eventos muy serios en China, en el mercado de materias primas, en Argentina (¿cuándo no hubo crisis acá?), Brasil, Turquía, el Brexit… En el caso europeo, la crisis de deuda periférica ha tenido dos tipos de respuesta muy distintos: la de los países cuyos gobiernos, una vez asumido el problema, han realizado enormes esfuerzos en el marco común, casi desde el minuto uno, por volver a reconducir su economía, y la de aquellos otros que han demorado las reformas y actuaciones a una fase previa de confrontación, cuando no de rechazo, en el seno de la Unión. España es un buen ejemplo del primer tipo. La Grecia de Syriza, más bien de Varoufakis, uno claro del segundo.

En la línea de una confrontación a la griega y siguiendo los pasos del antieuropeísmo que, como comentábamos más arriba, es uno de los fenómenos más característicos del populismo poscrisis en el Viejo Continente (el Brexit es otra manifestación evidente), la actualidad nos lleva a Italia. En buena medida, este país constituye el paradigma del descontento social en un país desarrollado asociado a una crisis económica cuyo Gobierno busca, por la vía del populismo, una serie de responsables externos en quien concretar la indignación popular. Uno de ellos, a ojos de la actual coalición, es Europa.

Antes de proseguir, conviene tener claro que la situación económica de Italia tiene muy poco que ver con la griega del comienzo de la era Tsipras: el PIB italiano crece, aunque de manera muy moderada. Su nivel de paro es alto, pero no está muy alejado de la media europea (en torno al 9 %) y en absoluto en niveles catastróficos, como en el referido ejemplo helénico o en la misma España. Es un país que presenta superávit por cuenta corriente, dato en absoluto desdeñable. La deuda privada, tanto de personas como empresas, es particularmente reducida, lo que mitiga en cierta medida el impacto social de las subidas de tipos de interés. Y si bien es verdad que su principal problema, el elevado nivel de deuda pública, impide a su economía crecer con más potencial, no es menos cierto que se trata de un problema más crónico que crítico en el país cisalpino y que, incluso un gabinete tan heterodoxo como el actual, tiene en mente que debe corregir: según sus cálculos, aun incrementando el déficit al 2,4% van a conseguir una ruta de reducción de deuda, por la vía del mayor crecimiento estimado…, algo que, en principio no convence a la Comisión Europea y mucho menos a los mercados, como se ha demostrado en estos meses.

En el fondo de todo ello subyace el enfrentamiento, la rebelión del equipo de gobierno actual liderado por el Sr. Conte (primer ministro de consenso), el Sr. Salvini (vicepresidente por la Liga Norte), el Sr. Di Maio (vicepresidente de la Cámara por el Cinco Estrellas) y el Sr. Tria (ministro de Finanzas) contra la Unión. El populismo, en otras palabras. Ninguno de ellos piensa (ni probablemente quiere), que sea viable una Italia fuera del euro, si bien sus combativas manifestaciones encuentran eco en personas dispuestas a creer que Italia funcionaba y podría funcionar mejor con la lira como moneda de referencia. Su política es la presión. E intentan tener éxito allá donde Grecia no lo tuvo y otros países, como España, Portugal e Irlanda, ni siquiera lo intentaron.

Porque hay dos realidades incontrovertibles: la primera es que la economía italiana, con un PIB un 50 % mayor que el español, es absolutamente clave en la Unión. Un país sistémico y de imposible rescate. Una nación que, si cae, compromete (léase desbarata) el proyecto europeo, su moneda y su futuro. Ese punto es parte de la fuerza de presión del actual gobierno.

La segunda realidad es que el euro seguirá: la moneda única, la que todos llevamos en los bolsillos, en la que todos pagamos e ingresamos y en la que está denominada nuestra deuda y nuestros activos, es mucho más que un invento exógeno experimental. Es nuestra moneda, tan española como italiana o alemana. Y no hay otra. Las relaciones de interdependencia europea son tan fuertes que deconstruir el sistema es sencillamente inimaginable. Estamos viendo cuán difícil es la negociación del Brexit, no ya en términos políticos, sino meramente técnicos. Y hablamos de un país, el Reino Unido, con una moneda distinta, la libra. Imaginemos lo que sería realizar algo semejante en el seno del euro. No, no es necesario imaginarlo: ni siquiera Grecia, un caso claramente más sangrante en términos relativos que Italia, ha abandonado el euro.

¿Qué cabe esperar pues? Dos cosas: en primer lugar, volatilidad por tiempo indefinido. En segundo lugar, que finalmente se llegue a un acuerdo, como bien dijo el presidente del BCE, el Sr. Draghi, tras la reunión de la institución monetaria europea del pasado 25 de octubre. Acuerdo que pasa, sin ninguna duda, por un compromiso italiano con los criterios de la Comisión Europea, más o menos dulcificados de cara a su público, pero con plena implicación en el proyecto común de Europa. En otras palabras, supondría una vuelta atrás del gabinete italiano desde los máximos de confrontación vividos en los últimos tiempos.

No está de más señalar que esta vuelta atrás es tanto más fácil que suceda en Italia, desde el punto de vista estadístico, que en cualquier otro país de la Unión: desde la época de Cavour (1861) y la reunificación bajo el élan de Garibaldi ha habido 86 presidentes del Consejo de Ministros: uno cada 1,82 años. Si exceptuamos los 21 años de Mussolini, con diferencia el periodo más largo de gobierno de la historia moderna del país, la media baja a poco más de año y medio. En esa línea, desde que salió en 2011 el último presidente directamente elegido por las urnas, el Sr. Berlusconi, han pasado cinco primeros ministros (Monti, Letta, Renzi, Gentilioni y Conte) en 7 años: uno cada 1,4 años. Es fácil pues colegir que el próximo cambio de gobierno no está especialmente lejos al escribir estas líneas, cuando el actual equipo ya lleva cinco meses operando… Esta evolución nos lleva a pensar que el problema político italiano, como decíamos de su deuda, tiene más de estructural y crónico que de crítico.

Por todo ello, tiempos convulsos. Nada fáciles, con una crisis que se resiste a ser vencida socialmente, después de ser en buena medida encauzada cuando no doblegada, económicamente hablando. Y, además, con la inquietante pregunta que buena parte del mercado comienza a hacerse, de manera no por especulativa menos desasosegadora: ¿enlazaremos con la siguiente crisis cuando aún no nos hemos recuperado del todo de la anterior? Sin duda, este es un motivo para más de un artículo.