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Nuevas formas de inversión
26 octubre 2018

Nuevas formas de inversión

Por Pedro del Pozo Vallejo
Director del departamento de Inversiones Mobiliarias de la Mutualidad de la Abogacía.
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Decíamos ayer, al concluir el artículo de la anterior revista, que los nuevos paradigmas económicos van a requerir formas de inversión adaptadas a esta moderna realidad.

Naturalmente ello va a tener como consecuencia un cambio conceptual tanto de los inversores finales, sean particulares o instituciones, como de los distintos agentes que actúan en los mercados de activos. Esto no significa que vayan a desaparecer los productos actuales, desde las acciones y los bonos a los fondos de inversión y los derivados. Pero sin duda debemos ver una adaptación progresiva del conjunto económico, que comprende varios niveles.

 

Normativa y regulación

Tal vez pueda sorprender que, a la hora de hablar de invertir, no comencemos el artículo discurriendo acerca de las condiciones que los mercados financieros imponen a los distintos actores del proceso, de las expectativas económicas, de macroeconomía o de salud empresarial. Sin duda todas son piezas esenciales y más tarde volveremos a ello. Pero antes conviene introducir algunos aspectos que han cobrado y previsiblemente van a cobrar más importancia en el proceso inversor, empezando por la normativa y la regulación.

Por supuesto, siempre ha existido una normativa vigente en el mundo financiero y, con ella, unos organismos reguladores del correcto funcionamiento y las buenas prácticas de este. Es obvio decir que, sin esta reglamentación, la mera existencia de mercados organizados sería una entelequia, absolutamente ajena a uno de los principios más importantes de la inversión: la seguridad jurídica.

Pese a lo anterior, la última crisis vivida ha tenido como uno de sus muchos efectos cambiar de manera muy profunda el concepto que hasta entonces se tenía del papel regulador: en líneas generales, podríamos decir que existe un consenso en la opinión pública a nivel internacional de que los distintos mecanismos de ordenación del mercado han fallado en su cometido de inspección, sanción y prevención de determinadas actuaciones que, de hecho, han contribuido a que los resultados de esta crisis hayan sido más duros de lo que cabría prever, cuando no han sido directamente responsables o corresponsables del estallido de esta.

La propia conciencia de fracaso en su cometido, unida, como cabría esperar, a la dirección política (mucho más proclive a congraciarse con el conjunto de los ciudadanos que con el mundo financiero), ha establecido de manera clara un marco más estricto para el desarrollo de la actividad inversora, que podríamos separar en dos partes.

Por un lado, la normativa ha evolucionado hacia formas de control que, además de lo cuantitativo, valoran con igual o incluso mayor intensidad los aspectos cualitativos de las inversiones. En ese sentido, es habitual que los reportes de información al regulador incorporen no solo “la foto” del estado de las inversiones, sino también determinados “test de estrés” que dibujen distintos escenarios de impacto en los cuales se analiza cómo se desenvolvería una cartera determinada, un inversor institucional específico o una entidad financiera o de seguros concreta. Con ello se pretende tener una imagen conjunta no tanto del estado de los agentes financieros, sino de la evolución que estos agentes podrían tener en caso de que se dieran situaciones desfavorables preestablecidas en las variables económicas.

Por otro lado, estos controles se han intensificado de manera notable en algunas áreas muy sensibles para el gran púbico, como las prácticas abusivas de mercado, el blanqueo de capitales o el tratamiento de información privada. Qué duda cabe, como comentábamos más arriba, que las dificultades vividas por buena parte de la sociedad durante la crisis han reducido su nivel de tolerancia a mínimos y han incrementado su indignación a máximos ante la publicación de actuaciones poco lícitas cuando no directamente penales. Ello está en la base del descontento social que ha tenido como consecuencia la proliferación de distintas formas de populismo en los países desarrollados. Y, naturalmente, los organismos reguladores no son ajenos a estos movimientos.

Todo ello tiene como efecto un notable incremento del peso de los departamentos de control, riesgos y prevención en el conjunto de los agentes financieros que, en cierta medida, hacen menos ágil el proceso inversor, aunque le otorgan más solidez. En todo caso, se puede producir, si no un retraimiento, un cierto escepticismo con aquellas inversiones que incorporan una mayor complejidad administrativa, un mayor consumo de tiempo y recursos en el seguimiento o una mayor necesidad de reporte a los mecanismos de control interno o externo. Esto enlaza con nuestro punto siguiente: la sofisticación de las inversiones.

 

El camino de la sofisticación

Ha sido una constante natural de los mercados, especialmente en momentos en los que se produce un cierto agotamiento de activos interesantes para invertir, bien por ciclo y coyuntura, bien por cambios estructurales (como los bajos tipos de interés actuales), que los agentes económicos “idean” nuevas fórmulas para “empaquetar” determinadas inversiones en envoltorios que requieren algo (o mucho) de ingeniería financiera. En otras palabras, se produce un sesgo hacia la sofisticación y la complejidad de las inversiones.

Todos tenemos en mente la explosión de estructuras complejas de finales de los noventa y comienzos del siglo XXI, que en buena medida contribuyeron a la profundidad de la crisis generada en el sector financiero, ejemplificada de manera clave por la quiebra de Lehman Brothers. El encapsulamiento de productos complejos en activos aparentemente seguros y vendibles al gran público devino en multitud de problemas que, haciéndonos eco del punto anterior, ahora tratan de evitar los organismos reguladores.

Evidentemente, la sofisticación no es mala por sí misma. Más bien al contrario, puede derivar en una gran ayuda para permitir inversiones que, sin este procesamiento, no serían aptas o serían menos preferibles para el comprador final. En ese sentido, la búsqueda de fórmulas que allanen este camino, especialmente en los momentos en los que la visibilidad de los mercados es baja, puede ser de gran ayuda para mantener activo el ciclo financiero. Entendemos que esta búsqueda va a continuar en el futuro.

En todo caso, esta sofisticación debe ser transparente y, desde luego, muy monitorizada. De hecho, buena parte del esfuerzo del regulador se basa actualmente en el seguimiento de las inversiones más complejas. Hay que tener en cuenta la experiencia de estos años, en los que buen número de ellas han sufrido movimientos de valoración muy bruscos o eventos no deseados cuando el mercado ha evolucionado negativamente. De manera especial, el control de derivados y estructurados se ha vuelto mucho más intenso, lo que limita su uso a productos e inversores específicos, con un perfil de riesgo que permita aceptar este tipo de activos.

 

Finalmente, el mercado

Como no podía ser menos, las nuevas formas de inversión deben tener en cuenta las posibilidades que los mercados ofrecen en cada momento. Unas posibilidades que se ven constreñidas por paradigmas de largo alcance, como los bajos tipos de interés estructurales, la globalización, la robotización o el envejecimiento poblacional.

En buena medida, es el propio mercado el que adapta las nuevas situaciones con productos vinculados a estas realidades. En ese sentido, podemos encontrar multitud de activos que tratan de poner en valor estos paradigmas o consideran al menos dulcificar los efectos negativos que para algunas inversiones, singularmente la renta fija, tienen los bajos tipos de interés.

Por supuesto, el seguimiento de las variables clásicas del mercado, los datos macroeconómicos clave como crecimiento e inflación, las previsiones empresariales, etc., seguirán determinando la actividad de los agentes económicos. Por ello, las acciones, los bonos y la tesorería continuarán siendo los instrumentos básicos de toda inversión, de la misma manera que el rojo, el azul y el amarillo son los colores fundamentales con los que construir los tonos adaptados a la moda.

 

Actitud responsable

Conviene decir, llegados a este punto, que en los últimos años están teniendo cada vez más peso distintas fórmulas de inversión socialmente responsable que reflejan una actitud marcadamente distinta del inversor, ya no solo preocupado por la rentabilidad, que también, sino por el hecho de que sus ahorros sean canalizados hacia empresas o inversiones que cumplan determinados criterios finalistas o bien sean realizados de manera acorde con unas buenas prácticas o un respeto medioambiental claramente definido.

En ese sentido, la importancia del conocimiento del perfil de inversión, siempre vital a la hora de determinar qué activos, qué riesgos y qué servicios demanda un cliente de mercados financieros, gana aún más peso en el mundo actual. Como hemos comentado en alguna ocasión, no se trata tanto de “vender un producto en función del estado del mercado”, sino de cumplir una serie de requisitos que permitan al inversor “dormir tranquilo” con la estructura de su cartera financiera. En otras palabras, se trata de partir del perfil de inversión para recomendar los activos que, con esas restricciones, tienen sentido para el cliente dada la coyuntura. Este punto es tan importante que buena parte del control actual con la famosa normativa MIFID II va encaminado a evitar que se produzcan errores de asignación de activos a clientes cuyo perfil no acepte ese grado de riesgo.

Todos estos puntos, normativa, sofisticación, perfil de riesgo y coyuntura, son vitales a la hora de establecer una adecuada estrategia de inversión para un determinado cliente. Especialmente en el momento actual, con los tipos de interés excepcionalmente bajos con los que llevamos conviviendo ya años, envueltos en un proceso de cambio tecnológico estructuralmente potente y con los recelos aún candentes que nos ha dejado la pasada crisis, es trascendente no cometer errores de cálculo en el futuro: sectores o empresas que eran sólidas en su momento han sucumbido a los efectos del cambio en el ciclo económico. Igualmente, determinadas “apuestas” visionarias, siempre bienintencionadas, pueden ser tan desaconsejables, o más, como un exceso de inmovilismo. En esa línea, conviene no olvidar nunca el principal precepto que debe cumplir toda inversión, alineando el mercado con el perfil y con la normativa: el sentido de prudencia. 

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